De cuando Manolito casi fue devorado

Jan 25, 2021

Escrito por: Angela Núnez
Ilustración de: Adriana Castillo

Este es el relato de un momento en la historia, no de un momento histórico, es preciso aclarar, ya que aquí no contaré la historia de un gran prócer, de una reina, de una guerra o de un descubrimiento científico que cambiaría la forma en la cual entendemos a la humanidad… ¡nada que ver! Sin embargo, sí es la historia de unos particulares personajes, que vivieron alrededor del año 1933 en Pariagüan, un humilde pueblo ubicado al sur de la pequeña Venecia.

Eran las dos de la tarde y el sol brillaba inclemente en todo lo alto del despejado cielo. Ni un soplo de nube cubría la vastedad del campo de María Pérez y Demetrio, quienes ostentaban grandes terrenos y una pequeña casa en el medio de la nada, forma particular de vivir en la Venezuela del pasado, esa en la cual la agricultura era la mejor forma conocida de hacer dinero, y también esa en la cual un riachuelo era el principal entretenimiento de los niños.

Los rayos del sol acuchillaban el tejado de zinc, exasperando a Dilia, quien para aquel entonces (al contrario de ahora), rebozaba de juventud y añoranza por el futuro. Su ranchito era pequeño, pero sorpresivamente espacioso. Allí vivía con sus padres y sus cinco hermanos, de menor a mayor: Manolito, Mercedita, Papá Nero, Sabita y Saturno.

Dilia y sus cuatro hermanos menores tenían el estómago vacío desde hace horas, mientras esperaban que sus padres y Saturno volvieran del pueblo con algo para comer. Los hermanos se refugiaban en la sombra que les brindaba el techo de zinc de la cocina al aire libre, hecha de piedra y barro. Las gallinas picoteaban el suelo, desesperadas por pinchar algún rastro de comida, atraído amablemente por el viento. ¡Pero qué despiadado sol! Quemaba las patas de los cochinos, y llenaba de moscas a las poquitas vacas que comían el monte de los alrededores.

Dilia no estaba segura qué era más frustrante… si el sonido de sus tripas vacías retorciéndose dentro de ella, como si fueran una orquesta fúnebre, o si el vapor del aire, cocinando sus rosados pómulos. Las gotas de sudor caían al costado de su frente, rodaban por su cuello y se perdían en los pliegues de su pecho… Miró a sus hermanos menores, jugando a su alrededor. Papá Nero, Mercedita y Sabita pateaban una lata de un lado a otro, mientras el bebé, Manolito, estaba sentado en el suelo, agitando un frasco con onoto, divirtiéndose con el sonido que él mismo producía.

Pero entonces, en medio del vaporón, Manolito comenzó a verse muy apetitoso.

-¡Sabita! ¡Niña, anda a picar cebollín! Vamos a hacer un sancocho… y tráete unos ajís – estaba hecho. El gordito de Manolito se veía desquiciadamente delicioso, así que Dilia haría un buen sancocho con él.
-¡¿En serio hizo eso abuela?! – Le grité impresionada, intentando razonar con ella.

-Siiiiiii, es que se veía tan redondito y gordito… rosadito y bonito – dijo con voz temblorosa, en un susurro casi inaudible.

Miré a mi padre, sorprendida de que mi bisabuela hubiera considerado seriamente comerse a su hermano menor. Mi papá simplemente asintió, quizás era la doceava vez que escuchaba esa historia.

De vuelta al año 1933, de cuando Manolito casi fue devorado, Dilia estaba preparando todo para hacer una buena sopa. Tomó el cuchillo acabado por los años y comenzó a picar los aliños. Algo de cebollita, un poquito de ajo porro, no mucho pimentón y bastante ají, para que quedara bien picantico, como le gusta comer a la gente en la profundidad del oriente venezolano.

-¿Qué comeremos? – la barriga de Mercedita rugía como si tuviera un tigre viviendo en su interior.

-A Manolito – Dilia estaba inmutada ante tal magnitud de locura. El sol de Pariagüan probablemente había tostado su cordura… eso, o la hambruna era tan voraz, que el canibalismo de pronto se tornó sensato.

¿Y por qué no? Era un bebé, nunca sabría qué pasó con él… solo sus hermanos, quienes vivirían a la sombra de aquel acontecimiento, fruto de un país neófito que estaba dando sus primeros pasos en el monopolio económico internacional.

Ninguno de los hermanos de Dilia protestó. Guiados por el instinto de alimentarse, siguieron todas las órdenes de su hermana mayor. Mercedita y Sabita encendieron la madera y montaron la paila con el agua, la más grande, porque Manolito estaba bien gordo. Mientras tanto, Papá Nero desvistió y lavó al bebé, quien seguía jugando, ajeno a su infortunio… en pocos minutos servirían un buen guiso de Manolito.

¿Se comieron o no a Manolito?, te invitamos a seguir leyendo este realto basado en hechos reales en nuestro Blog:
https://papelescrituraytinta.wordpress.com/2020/08/09/de-cuando-manolito-casi-fue-devorado/#more-333

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PD: Si el link no funciona, pueden encontrar el link del blog en la Bio. El realto se encuentra en la categoria de Cuentos e Historias.

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