¡Sólo a mí y al pato lucas!

Jan 30, 2021

Hola a todos, espero se encuentre bien. Hoy les treameos otro relato escrito por Angela Núnez e ilustarado por Adriana Castillo. Esperamos disfruten esta lectura para pasar la tarde :)

13
Solo a mí se me ocurrió salir de casa ese viernes 13…

Mi padre insistió en que lo acompañara a él y a mi primo a la finca, pero realmente no me necesitaban allí… ¿total? Nunca me dejaban hacer nada porque “todo lo que tiene que ver con el campo, es trabajo de hombres”… el maldito patriarcado siempre diciéndome lo que puedo y no puedo hacer. Sin embargo, decidí ir. En casa no había luz, como usualmente pasa. Tenía tres días sin energía eléctrica, así que para quedarme en casa sin hacer nada, prefería salir a no hacer nada en la calle.

-¿Cuánto falta para llegar? – le pregunté a mi padre, desde el asiento trasero de la camioneta.

-Ya poco, Katerina… miren el monte, creció bastante gracias al palo de agua de hace días –

-El hijo de Isidora se murió en esa tormenta, me dijo El Chiche – agregó Javier, mi primo.

-¿Quién? ¿Pepito? – mi padre estaba sorprendido.

-No, el Gordo… le cayó un rayo mientras llevaba una caja de cerveza del carro a la casa. Estaban todos reunidos, la Niña, Mamina, El Chiche, Pepito, Mileidi, todos ellos, y ¡pum! Le cayó un rayo –

-¡Ve esa verga! ¡¿En serio?! Coño, que vaina, ¿por qué no me dijiste antes?, tengo que llamar a la doña pa’ darle el pésame… ¿te acuerdas de ellos Katerina? Eran nuestros vecinos cuando vivíamos en “la casita” – negué con la cabeza, sin recordarlos. Tenía menos de cinco años, ¿cómo espera que lo recuerde?

-No me acuerdo de ellos –

-¿Cómo no chica? Si te bañabas con los hijos del Negro en una ponchera que tenía Mamina –

-Tenía como dos años papá, no recuerdo nada de eso. Pero ajá, ¿no pudieron hacer nada por el chamo? –

-No, se murió al instante – aclaró Javier.

-Verga, eso sí es mala suerte. ¿A quién le cae un rayo? ¡Solo a él y al pato Lucas! Pobre Mamina, bueno, el Gordo se reunió con el Negro en el cielo –

-De todas formas, quizás moriría pronto, los triglicéridos lo matarían tarde o temprano – Javier siempre con sus comentarios tan conmovedores.

-¡Chico! ¡Déjate de vainas! Ese rebajaba y listo, aunque era muy cervecero eso si… –

4

Ya estábamos cerca de la finca, así que cruzamos a la izquierda, hacia el camino de tierra. Pero ante nosotros se abrió un gran pozo de lodo.

-¿Y eso? ¿Es lodo? – preguntó mi padre.

-Creo que sí, por la lluvia – respondió Javier.

-Bueno, le puse los 4 cauchos nuevos a la camioneta, tienen que servir para algo… Dios con nosotros – esa frase siempre es el preámbulo de una serie de acontecimientos llenos de una aterradora incertidumbre.

Le dije a mi padre que cruzar ese camino era una muy mala idea, pero el maldito patriarcado no me dejó opinar al respecto. ¡Y claro que era una mala idea! La camioneta se quedó atascada inmediatamente en el grueso lodo, y por más que papá intentara hacerla avanzar, solo conseguía llenar el motor de más lodo. Entorné los ojos, frustrada.

-Se los dije, teníamos que haber buscado otro camino –

-¿Cuál? Este es el único camino – Javier siempre se esforzaba de sobremanera para sacarme la piedra.

-Pues otro, inepto, cualquier otro, y si no hay, pues que lástima, regresábamos a casa –

-Bájate Javier, vamos a ver qué pasa – lo que pasa es que nunca me escuchan- Qué mala suerte, los 4 cauchos están hundidos, y eso que son carísimos, ¡ni uno solo está fuera del lodo! ¡Qué arrechera! – dijo mi padre, quitándose el sombrero para secarse el sudor con la manga de su camisa de cuadros- Y no tengo señal. Voy a caminar para llamar a Ignacio y que nos vengan a buscar – y así lo hizo.

-¿Se ve muy mal? – le pregunté al idiota de Javier.

-Míralo tú misma –

¡El bastardo abrió la puerta y caí de cara al lodo! Las pestes no tardaron en salir de mi cuerpo como una especie de vómito verbal.

-¡Ven aquí imbécil! –

Solo a mí se me ocurrió perseguirlo por los alrededores para caerle a carajazos, mientras se chorreaba de la risa. Mi papá volvió, regañándonos a ambos. Qué pésimo día. Estaba embarrada de lodo (y quien sabe qué más), bajo una tremenda pepa de sol y con el planchado hecho verga… y encima, ni una raya de señal tenía, es que Movistar es una porqueria, no sirve para nada, deberían quemar esa vaina.

Los encargados de la finca no tardaron más de 20 minutos en llegar, sin embargo, el lodo ya se había secado en toda mi ropa y cabello. Perdí todas las lechugas que gasté en la peluquería.

26

-¿Te acuerdas de Ignacio? Es el hijo de Orencio, volvió de la universidad el mes pasado – me preguntó mi padre, en cuanto los trillizos y un muchacho desconocido, llegaron en caballo a nuestro encuentro.

-No me acuerdo de él – le respondí.

-¿Cómo no chica? – ya mi padre iba a empezar a contarme que ese tal Ignacio y yo nos bañábamos juntos en la batea cuando teníamos tres años- Él fue para tus quince años, te paseó en el caballo, ¿te acuerdas? – miré a fulano Ignacio de pies a cabeza, frunciendo el ceño… el niño que me llevó en el caballo siete años atrás, era un bicho flaco, pálido y con acné… este chamo parecía Brad Pitt comparado con aquel.

-Hola Katerina – me dijo, sonriéndome. Tenía los ojos verdes y una sonrisa atípicamente encantadora como para ser un hombre de campo… lo saludé de vuelta, completamente avergonzada de estar llena de mugre.

-Tu papá me dijo que cumpliste años en estos días – le dijo mi padre.

-Sí, 26 años la semana pasada –

-¡Tenemos que celebrarlo mañana con unas cervezas! – entorné los ojos, avergonzada.

Siempre mi padre pensando en tomaderas de tres días.

-Ignacio y Bruno, llévense a la niña y a Javier, Bartolo, Benito y yo nos quedaremos mientras ustedes vuelven – les ordenó.

A Bartolo, Benito y Bruno sí los conocía. Son los trillizos que nacieron cerca de “la casita”, según los cuentos de Yaya, justo cuando la yegua que transportaba a su madre embarazada, le dio un patatús, dejando a la doña varada mitad del monte. Mis abuelos escucharon sus gritos y fueron a ayudarla.

Ese cuento me lo echaron un montón de veces.

Supuestamente eran 2 bebés, gemelos, su madre no sabía que había un tercer niño… sin embargo, justo cuando el reloj marcó las 6 de la tarde y la campana de la iglesia sonó para indicar el inicio de la misa, el tercer niño llegó al mundo, “como un milagro”, según mi Yaya, quien asistió el parto junto a mi abuelo.

Luego de aquello, mis abuelos se hicieron tan cercanos a la señora, que terminaron empleándola de por vida y criando a sus hijos. Lo cierto es que eran trillizos idénticos… uno más feo que el otro.

17

-Cuidado te caes – me dijo el inepto de Javier, burlándose de mí mientras me subía al caballo.

-Mijo, nací en el llano, desde que tengo seis años sé montar a caballo, así que cállate – solo recibí sus burlas, pero no podía quedarme callada, así que le devolví un par de insultos de señorita, para no quedar como una vulgar frente a Ignacio, pero tampoco como una tonta.

Comenzamos a andar, e Ignacio me sacó tema de conversación.

-El Patrón me dijo que vas a la universidad en la capital –

-Sí, estudio Comunicación Social. ¿De qué te graduaste tú? –

-Ingeniería Agrónoma –

¿Por qué no me sorprendía?

-Qué bien… – no pude terminar de hablar, ya que, sin preverlo, las cosas dieron un giro inesperado. La silla del caballo se aflojó y caí hacia un costado. Me di un buen carajazo en el hombro derecho.

-¡Qué boba! – gritó Javier, burlándose de mí.

-¡Cállate ridículo! – le grité de vuelta, privada del dolor en el suelo.

-¿Estás bien? – me preguntó Ignacio, socorriéndome. Un dolor punzante se instaló en mi hombro derecho.

-¿Cómo se cayó señora? Seguro no apreté la silla de 17 – dijo Bruno, enfadándome aún más… ¿cómo que “señora”? ¿Tengo cara de vieja acaso?

-¿17? – preguntó Javier.

-Es el nombre del caballo, se lo puso mi sobrina, está aprendiendo a contar – respondió Bruno. Sí, sí, muy buena la anécdota, pero yo estaba en serios problemas.

-Me duele mucho el hombro – les dije, levantándome con mucha dificultad, pero con ayuda de las grandes, y atípicamente suaves, manos de Ignacio. Este hombre no parecía de campo…

-¿Puedes subir al caballo? Bruno va a ajustar la silla – me dijo Ignacio.

Realmente lo que quería era que se abriera un hueco en la tierra y me tragara… ¡tremenda pena!

-No creo que pueda subir, me duele mucho el brazo –

-Ven, te ayudo – me costó disimular mi cara sorpresa cuando Ignacio se agachó frente a mí, indicándome que subiera a su espalda.

-No es necesario, puedo caminar –

-Vamos, insisto – la verdad es que sí quería, así que lo hice.

-¡Uy! Cuidado Ignacio, no te comas la luz con el patrón – Javier nunca podía guardarse sus desagradables comentarios.

-¿Por qué no te buscas una cueva y te quedas allí de por vida? Nadie te va a extrañar – le dije, sacándole la lengua. Volvimos a andar, riendo de lo que había pasado, sin embargo, otra cosa andaba mal, para variar en mi día de mala suerte.

666

-¿Caí en un hormiguero? Me pica todo, ¿o será el lodo? – pregunté, rascándome la cabeza despiadadamente.

-Pareces una bosta, toda marrón y llena de moscas – Javier me estaba colmando la paciencia.

-¡Cállate ridículo! –

-Creo que cayó en una mata pica pica, señora – entorné los ojos, frustrada.

¿Solo a mí le pasaban cosas horribles ese día? Con la mala suerte que tenía, ¡solo faltaba que se abriera el cielo y me cayera un rayo en medio de la pepa e’ sol!

-No te preocupes, ya vamos a llegar a la hacienda – Ignacio era el único que me entendía. El pobre sudaba como puerco mientras me llevaba amable y masculinamente en su espalda… al menos algo bueno estaba pasando ese día.

Quizás no podía empeorar, ¿o sí?

¡Claro que sí!
-¡¿Qué?! ¡¿Cómo que no hay agua?! – le grité a Orencio en cuanto llegamos a la hacienda.

El día estaba maldito, definitivamente.

-No hay agua mija, desde las 6 de la talde de ayer, y no hay ni un barde de agua guardado – pegué un grito al aire, exasperada.

-¡Tiene que haber una forma de resolverlo! – le dije muy desesperada, mientras me rascaba la cabeza descontroladamente.

¡Todo el cuerpo me picaba como si millones de hormigas me estuvieran atacando!

-Voy a mandar al guachimán a que busque agua al río, no se preocupe, ya lo llamo, ese está buscando a las vacas por ahí por el monte… – me aseguró Orencio, dándome algo de esperanza- ¡Ignacio! ¿Cuál es el número de cara e’ pepa? –

-Anota, 0416-606-6666 – ¿de verdad? ¿De verdad ese es el número de teléfono del fulano cara e’ pepa? Quizás él tenía más mala suerte que yo.

-¿Cuánto se tardará? – le pregunté, exasperada.

-Como dos horas mijita, es una hora de ida y una de vuerta –

Estaban bromeando conmigo, en serio…

¡Solo a mí y al pato Lucas!
Al rato llegó cara e’ pepa con algo de agua, montado en un burro más bonito que él, y ya eso es bastante.

Terminé lavándome en una ponchera, con una perolita y una esponja, ante el escrutinio público, mientras el imbécil de Javier se burlaba de mí.

¿Acaso alguien podría tener tanta mala suerte como yo?

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