Lista de deseos

Feb 19, 2021

Hola amigos, ¿Cómo están?

Hoy seguimos con las entregas de historias de amor, empezamos con nuestra querida Angela Núñez y su cuento: Lista de Deseos, luego cerraremos la tarde de este viernes (por fin es viernes y el cuerpo pide lectura) con unas ilustraciones de Adriana Castillo...bueno, en realidad todas las ilustraciones (salvo la de Ahnira) la hizo ella, jeje.

Sin más cháchara, les dejamos con la historia de hoy, esperamos las disfruten y compartan.

¡Gracias por su apoyo, chicos!


Han pasado muchos años desde la última vez que vine, pero este lugar aún continúa siendo un paraíso.

Se trata de un valle boscoso, húmedo y amable, que rodea gran parte de mi ciudad natal. Fue epicentro de diversos encuentros culturales según la época del año. En el invierno lo adornaban con luces, en el verano era hogar de cientos de pajaritos, en la primavera era coloreado por matices inimaginables, y en el otoño desprendía olores peculiarmente acogedores. Es por ello que siempre estaba repleto de gente durante todas las estaciones, tanto por visitantes como por nativos. Muchísimos festivales se realizaron al pie de esta montaña, y son tantas las personas que caminaron, rieron y lloraron en ese pequeño paraíso, que si el cerro pudiera hablar, tendría millones de secretos para contar al universo. ¿Se lo imaginan? Una montaña parlanchina que vio promesas de amor, sellos de amistad, besos bajo las estrellas, caídas peligrosas y lágrimas fugitivas… ¡tantas cosas tendría para decir! Y aunque actualmente se encuentra abandonada por los humanos, la naturaleza tiene la gran virtud de jamás envejecer, es por ello que esta montaña continua intacta, tal como la recuerdo.

Saúl me volvió a preguntar si yo estaba seguro de que estábamos caminando en la dirección correcta. Él es mi segundo hijo, y a pesar de ser uno de los mayores, suele perder la paciencia con rapidez. La verdad es que no lo culpo. Tenemos más de una hora caminando y debido a mi vejez, naturalmente mis hijos dudan de mi memoria… pero nunca olvidé esta montaña ni todo lo que viví en ella, y aunque ya no está el antiguo camino que me ayudaba a ubicarme dentro de la maleza, aun sé cómo llegar al lugar donde floreció mi amor por Eva. Muchísimos años atrás, aquella mujer se disfrazó de enmascarada y en un ingenuo pero hermoso ademan, me robó el corazón bajo un cielo estrellado de febrero. Lo guardó muy cerca del suyo, lo cuidó por más de cincuenta años, y como si siempre hubiera sido de su propiedad, se lo llevó consigo, quizás porque lo amaba tanto que no quería regresarlo, quizás porque es su tesoro más preciado, quizás porque quería llevarse un recuerdo de mí, quizás porque pretendía usarlo para atraerme… quizás porque simplemente se lo entregué sin derecho a devolución… se lo di completo, nunca lo quise de regreso, porque sé que solo ella puede cuidarlo, porque siempre fue de ella. Cuando se lo entregué, lo hice para siempre, y los para siempre de nosotros no están sujetos a ningún tipo de principio temporal.

Luego de tanto caminar y discutir con mis hijos, finalmente encontré uno de mis secretos mejor guardados, uno de mis mayores tesoros, ese que le pedí a la montaña, lo cuidara por nosotros, mientras nos encargábamos de otros asuntos. Han pasado muchos años desde la última vez que vi este árbol, y aunque crecimos juntos, definitivamente yo estoy de salida y él apenas comienza a vivir. Durante nuestros años de juventud, Eva y yo nos sentábamos a los pies de este árbol del amor, una especie muy particular no solo por el color rosado de sus flores, sino también por la forma de corazón que toman sus hojas en primavera. En aquel entonces era un árbol tan adolescente como nosotros, de hecho, cuando lo descubrimos, nos enteramos por un lugareño que aquel retoño contaba con apenas diecisiete años de edad y estaba floreando por primera vez. Aquel ramillete rosado nos recibió con los brazos abiertos, ansioso de que lo observáramos, le rindiéramos tributo y cuidáramos de él. Nosotros nos considerábamos sus descubridores, por ello nos tomamos en serio su cuidado, el cual iba más allá de podarlo o curarlo cuando estaba enfermo. Eva tenía la loca teoría de que este árbol tenía vida propia, y que, un tanto ambicioso y caprichoso, deseaba nutrirse del néctar que brotaba de nuestro amor…y así ocurrió. Sus raíces se convirtieron en el escenario de docenas de picnics, juegos, caricias y besos.

Salomé, una de mis hijas, me sacó de mi epifanía, preguntándome por el columpio colgado en una de las ramas de aquel árbol. ¡¿Cómo no lo noté?! ¡Si aún sigue allí! Solté una carcajada al aire, llena de felicidad mezclada con nostalgia, al recordar toda la historia que se esconde detrás de ese columpio. Resulta que conocí a Eva cuando ella tenía catorce años y yo dieciséis, y aunque era una chica muy madura para su edad, para mí siempre fue claro que dentro de ella vivía una juguetona niña, curiosa, ingenua y tan radiante, que fácilmente podía asustar al sol con su luz. Ella se esforzaba por esconder a su niña interna, pero yo adoraba el espíritu infantil de Eva. Siempre me hacía reír, enamorarme de la vida y atreverme a vivirla con la magia de sorprenderme todos los días por existir. Así que en un intento por preservar y cuidar la hermosa inocencia de Eva, construí ese columpio con algo de madera y unas resistentes cuerdas, capaces de soportar la tempestad del tiempo. Es simplemente sorprendente que el balancín favorito de ella aún siga aquí, cubierto de musgo y algunas ramas. Ágata, mi hija menor, se sentó para corroborar si aún tenía resistencia, y al verla, recordé inmediatamente la imagen de Eva meciéndose… juré que por un instante escuché su risa otra vez.

Me acerqué al árbol y lo toqué con amabilidad, como si estuviera reencontrándome con un viejo amigo.

-Este lugar parece mágico – dijo Ezequiel, uno de mis hijos adoptivos, ayudándome a sentarme en las gruesas raíces del árbol.

-Si, como si en cualquier momento saldrán las hadas y los elfos a saludar – agregó Ágata, maravillada. Tiene la misma expresión que su madre, cuando pasábamos las tardes en este sitio.

-¿Mamá y tú venían aquí con frecuencia? – me preguntó Maximiliano, mi hijo mayor.

-Si, casi todos los fines de semana. Le construí ese columpio cuando teníamos como veintidós años… así que la pasábamos en este lugar – les expliqué.

-¿Y bien? ¿Por qué vinimos? – me preguntó Saúl.

-Cierto, ¿para qué son las palas? – Fabián también estaba inquieto, mi otro hijo adoptivo.

En ese momento les confesé que estaba en busca de la capsula del tiempo que Eva y yo enterramos aquí muchos años atrás. Podía recordar vagamente dónde la escondimos, así que les indiqué, muy dudoso, dónde debían cavar.

Teníamos pocos meses de habernos casado cuando decidimos armar una capsula del tiempo. Nos íbamos a mudar de la ciudad, ya que, como fruto de mi profesión como arquitecto y mi amor por Eva, quería construirle una casa de ensueño en unas tierras que adquirí en otro estado. Como gesto de despedida para nuestro amigo, preparamos un cofre en el que guardamos nuestros recuerdos adolescentes y pre-matrimoniales, para luego enterrarlo en nuestro lugar sagrado. Prometimos volver a aquel sitio cuando todos nuestros hijos crecieran y se fueran de casa, pero entre obligaciones y responsabilidades, dejamos pasar los años, incumpliendo nuestro juramento. Y es que yo me sentía tan seguro junto a ella, que pensaba tener todo el tiempo del mundo para cumplir nuestra promesa. Pero el reloj nos alcanzó.

Luego de cavar algunos minutos, Fabián encontró lo que tanto buscaba.

-Es increíble que siga aquí… intacta – susurré, sorprendido. Fabián y Saúl lo sacaron, dejándolo en el suelo, y por supuesto, aún tenía su candado.

-¿Tienes la llave? – me preguntó Ágata.

-No, la perdimos en nuestra última mudanza – respondí con nostalgia.

-No hay problema papá, podemos resolverlo – me aseguró Maximiliano, mi hijo mayor, sonriéndome.

Saúl simplemente lo golpeó con la pala y el cofre se abrió ante nosotros. Me lo acercaron y entre todos comenzamos a revisarlo cuidadosamente. Temíamos que algunas cosas se deshicieran o dañaran por el tiempo. ¡Madre mía, no quería llorar pero me resultó imposible! A mi mente comenzaron a llegar todos los recuerdos atados a cada objeto contenido en el baúl, y claro, no pude evitar rememorar todos los sentimientos guardados en esta vieja caja…

Aún estaban algunas de las flores que intercambié con Eva durante los años. Ella fue la primera mujer en regalarme flores, y desde ese momento mantuvimos la costumbre de obsequiarnos aunque sea una flor, e inclusive cualquier hoja que nos consiguiéramos en el camino. Ella guardó la mayoría, así que aquella caja estaba llena de flores secas, algunas ya estaban hechas polvo, así como hojas que perdieron su color muchísimos años atrás. ¡También nuestras fotografías! E inclusive estaba el primer retrato que nos hicimos en las raíces de este árbol. Y claro, ¿cómo olvidarlas? Las docenas de cartas que intercambiamos seguían allí, atadas con un mecatillo amarillo. Algunas eran de cumpleaños, otras de navidad, varias de desahogo y catarsis, muchas otras llenas de deseos y promesas. También encontramos la historia que Eva y yo escribimos a los pies del árbol y bajo el cielo estrellado. Recuerdo que inspirados por el cielo nocturno, nos imaginamos mundos fantásticos y aventuras increíbles, todas retratadas en aquellas hojas, prueba de los viajes que hicimos juntos a lo profundo de nuestra imaginación. Mis hijos se sorprendieron al ver todos los poemas que su madre me escribió, y yo me sorprendí al recordar los acordes que le compuse para parecer interesante y enamorarla. Tuve que esforzarme mucho, ya que ella era una erudita y yo un simple plebeyo con la expectativa de conquistar a una reina. ¡Qué gran sorpresa, los libros siguen aquí! Durante muchos años nos regalamos libros mutuamente, algunos los leímos juntos en este sitio, otros simplemente quedaron guardados en la biblioteca de nuestro hogar. Usualmente yo le regalaba libros a Eva, ya que le encantaba leer y a mí me encantaba que me leyera. A veces ella me regalaba libros… pero Eva sabía que no me gustan los libros, a menos que ella me los lea. Entre tantas cosas, Salomé me sacó de mi viaje al pasado.

-¿Y esto? Parece una lista – dijo, extendiéndome un arrugado papel amarillo. ¡Imposible, esto aún existe!

-Lo es. Es una lista de deseos que tu madre escribió – le expliqué sonriendo, intentando contener las lágrimas, pero cuando se trata de Eva, cualquier rastro de valentía se escapa de mi ser. Sin siquiera pensarlo, la historia detrás de aquella lista, comenzó a salir de mi boca.

Curiosamente, la historia de esta la lista de deseos también se desarrolla en esta montaña, solo que muchísimos años atrás, en un helado 14 de febrero. Por aquel entonces tenía diecisiete años y estaba aterrado. Mis piernas temblaban y mi estómago rugía como si guardara a un molesto tigre que luchaba por escapar. Me quité los guantes y miré mis manos… tiritaban como si tuviera 40° de fiebre, tenía la garganta seca y aunque estaba helando, no dejaba de sudar. El reloj marcaba las 8:47 de la noche y yo era un manojo de nervios. Asomé la vista entre los arbustos y la miré. Eva tenía más de 40 minutos esperando y aún seguía allí… en teoría, ella se encontraría ese 14 de febrero con una cita al pie de la montaña. El lugar estaba repleto de parejas, puestos con comida y bebida, así como caminos de luces adornando la zona. Ella era la única persona que estaba sola en ese mar de gente… y aun así se mantenía firme, aun cuando su cita no llegaba.

Me acerqué a ella y me paré junto al banco, esperando a que notara mi presencia.

-Si vienes a burlarte de mí, ahórratelo Diego, no hace falta, ya he quedado suficiente en ridículo – recuerdo que me mordí la lengua de inmediato cuando Eva me dijo aquello.

-¿Por qué sigues aquí? – me atreví a preguntarle ingenuamente, ahora me doy cuenta que jamás debí hacerlo. Si yo hubiera estado en su posición, me hubiera marchado. Estaba helando y si mi cita no llega a la hora, pues simplemente me voy. Pero ella no, ella seguía allí.

-Porque quiero saber quién es él – la ansiedad me invadió.

-¿Y si no llega? – ella bajó la mirada y simplemente no respondió… nunca supe lo que pasaba por su mente en ese momento.

-¿Por qué tú sigues aquí? – me preguntó.

-Le prometí a Mónica que te cuidaría – Mónica fue su mejor amiga desde ese momento hasta el final de sus días. Eva resopló, entornando los ojos.

-No tienes que cuidarme Diego. No tienes que hacer todo lo que Mónica te dice. Puedes irte, estaré bien – no la culpaba por tratarme así. Eva compartía la misma concepción de mí que tenían las demás chicas. Yo me gané la fama de ser un Don Juan durante toda la secundaria, y en ese momento estaba pagando las consecuencias, ya que la chica que me gustaba no confiaba en mí. Si bien ella me trataba con muchísimo cariño, amabilidad, dulzura y con la calidez que le caracteriza… no me veía más que como un amigo.

-Te traeré algo caliente mientras esperas – me atreví decirle. Ella simplemente levantó los hombros, sin observarme. Nunca vi una expresión tan triste en su rostro. Años más tarde me juré a mí mismo esforzarme para jamás volverla a ver así.

Para ese entonces, Eva tenía catorce años y estábamos en grados distintos, pero compartíamos una bonita amistad desde que ella entró a la misma escuela que yo. Nos conocimos porque Iván, mi primo, tuvo una discusión con Mónica, una de tantas veces que nuestras clases de educación física se encontraron en el patio. Pelearon por alguna ridiculez relacionada con el fútbol y ambos fueron a dirección. Eva y yo nos conocimos en tales circunstancias, mientras esperábamos que salieran de la oficina de la directora. Estábamos sentados uno junto al otro pero yo no tenía ningún interés en conocerla… estaba demasiado distraído mirando cosas que no me llevarían a ningún lugar. Se supone que nosotros éramos enemigos porque nuestros amigos se odiaban, así que yo estaba decidido a no dirigirle ni la mirada… hasta que ella sacó un paquete de gomitas de su bolsillo y me ofreció, como si nos conociéramos desde años atrás. Así empezó nuestra amistad.

Volví con chocolate caliente, lo que a ella le gusta, pero Eva no estaba allí.

Entré en pánico inmediatamente.

Miré el reloj, 9:05… comencé a buscarla por toda la zona, pero no estaba en ningún lugar, y solo entonces se me ocurrió llamarle. No pude disimular mi voz de desesperación cuando ella contestó. Me dijo que estaba subiendo la montaña y que no me necesitaba, que podía irme a casa, pero nunca me atrevería a dejarla sola, y mucho menos luego de lo que hice. Corrí todo el sendero cuesta arriba. Estaba muy oscuro y de tanto en tanto la luna iluminaba el camino, ayudándome a seguirlo. Hasta que la encontré, sentada en una roca en medio del sendero, mirando hacia el cielo… sus mejillas estaban húmedas, así que seguramente estuvo llorando.

-¿Por qué te fuiste? – le pregunté al llegar a ella, mientras recobraba el aliento.

-Vine aquí a cumplir un deseo, y lo haré, incluso si él no viene – respondió, observando el ramo de flores que compró para obsequiarle a aquel chico.

-Me hubieras esperado, es muy peligroso que subas esto sola –

-Te dije que no necesito que me cuides Diego, siempre he estado sola y puedo hacer las cosas por mí misma – me aseguró, observándome a los ojos.

Amaba y odiaba eso de ella… me parecía desquiciadamente atractiva su autosuficiencia, y al mismo tiempo me molestaba que no dependiera de mí ni siquiera para las cosas insignificantes.

-Yo sé que puedes hacer las cosas sola… pero me gustaría que comenzaras a desear hacerlas conmigo – le confesé, dejando salir al tigre para que me ayudara, pero él estaba tan aterrado como yo. Con otras mujeres podía ser muy seductor, persuasivo y elocuente, pero cuando se trataba de ella… me quedaba sin armas para batallar.

Eva me miró, confundida.

¿Por qué? – preguntó, frunciendo el ceño. Naturalmente, ya que nunca antes le dije algo así.

No pude responder. Me acobardé.

-Como sea, Diego… supongo que dejaré estas flores aquí e intentaré seguir, aunque no creo que mi tobillo me deje –

-¿Qué te pasó? –

-Estaba llorando y los ojos se me empañaron… no vi el camino y me tropecé. Creo que me torcí el tobillo, me duele mucho. Me siento tan estúpida llorando por un chico – su voz se quebró, dándole paso a las lágrimas.

Sí, era un imbécil, un imbécil muy asustado que para dejar de verla llorar, se armó de valor. Saqué la lista de deseos y se la extendí, disculpándome. Ella miró la hoja amarilla de su cuaderno de historia, esa que le robé días atrás, y luego me observó, perpleja.

Tú… ¿eres tú el chico secreto? – asentí, muy apenado. Estaba helando pero mis mejillas ardían.

Su reacción me sorprendió.

-¡Eres un imbécil, un gran tonto! – dijo entre risas. ¿Acaso no estaba molesta?

-Lamento haberte hecho esperar… tenía mucho miedo – le confesé.

-¿Por qué? A ti no te dan miedo estas cosas – y entonces me sentí un grandísimo idiota y cobarde, intentando ser un hombre “valiente” frente a la chica que le gusta.

Ella simplemente me sonrió. Tal como aquel día que nos conocimos. Simplemente sonrió.

-No eres el único que tiene miedo, Diego – me aseguró, extendiéndome el ramo de flores.

-Sabes que son los hombres quienes le regalan flores a las mujeres y no al revés, ¿cierto? – bromeé, recibiéndolo. Pero ella nunca ha entendido la lógica masculina tradicional, por eso, para poder amarla tuve que estudiar sus sueños, analizar sus deseos y aprender de su imaginación.

Esa noche comenzó mi labor de autodescubrimiento, de una completa transformación de mí mismo en lo que estaba seguro era el camino correcto, porque Eva siempre fue el camino correcto. La cargué en mi espalda hasta la cima de la montaña, ya que su tobillo estaba hinchado, y aunque las piernas me temblaban de vergüenza, ella simplemente me hacía reír con sus ocurrencias. Cuando llegamos al lugar que preparé para ella, volví a sacar la lista de deseos de mi bolsillo. Semanas atrás le dejé una nota en su cuaderno de historia, confesándole mi amor y admiración de forma anónima, no muy elocuentemente, debo admitir. Le pedí que escribiera tres deseos para ser cumplidos ese 14 de febrero, el día que nos “conoceríamos”, que me revelaría ante ella. Temía que ella no respondiera mi nota pensando que era una broma… pero finalmente sí lo hizo. En mi mente tenía la pueril creencia de que sus deseos serían rosas, chocolate o peluches, ya que… ¿qué más podría desear una chica de catorce años? Pero Eva siempre tenía un as bajo la manga para sorprenderme.

Navegar por el cielo estrellado.

Visitar la luna.

Conocerte.

Esos fueron sus deseos.

Dentro de la gran inmensidad de cosas que pudo haberme pedido, como flores y chocolate, ¡pidió estrellas, la luna y a mí! Entré en pánico cuando vi sus respuestas… ¿cómo podría cumplirlos? Pensé en formas de llevarla a la luna, pero eran demasiado eróticas para la inocente mente de Eva, así que las descarté definitivamente. Tuve que pensar como nunca antes lo hice para intentar encontrar la forma de cumplir sus peticiones… lo único que se me ocurrió para cumplir el primer deseo, fue sentarnos en la cima de la montaña a ver las estrellas. Y así lo hicimos.

-Traje esto para ti – le dije, colocándole una cobija en los hombros, lo que menos quería era que mi cita se congelara. El paisaje era perfecto. El cielo estaba despejado, dejando ver las estrellas, constelaciones y la luna llena frente a nosotros. Sonreí internamente, sintiendo que el universo confabuló a mi favor aquella noche.

-Acércate, vamos a compartirla – me dijo, y yo no perdí tiempo en obedecer.

-Gracias, voy a rodear tus hombros con mi brazo – susurré, acercándome mucho más a ella. Eva simplemente sonrió, observando el cielo.

-El Diego que conozco no pide permiso para hacer las cosas, así que solo sé tú mismo – ¿cómo no amar a aquella mujer?

-¿Y ahora? – le pregunté, sin nada para decir.

-Simplemente vemos lo hermosas que son las estrellas –

-Entiendo… entonces lo voy a disfrutar, porque es como verte a ti –

Le relaté a mis hijos lo bien que pasamos esa ocasión. Estuvimos viendo las estrellas hasta casi la media noche, nos dedicamos a hurgar el cielo nocturno y dibujar las constelaciones que se abrían ante nuestros ojos. Fabián me preguntó cómo hice para cumplir los otros dos deseos de su madre, ya que uno de ellos parecía ser más un desafío que un deseo…. pues, fuimos al planetario y Eva, llena de ilusión, simplemente quedó derretida cuando “paseamos” por la luna. Luego de eso la invité a salir para que nos “conociéramos”, ya que a pesar de tener algunos meses siendo amigos, ella me decía que realmente no nos conocíamos del todo. Aquellos días que iniciaron con la lista de deseos, fueron una experiencia mágica, en la cual nacieron sentimientos que todos los días se renovaban, cuando prometíamos estar juntos por siempre.

Lo que sentí ese 14 de febrero se maximizó e intensificó con los años. Aquel afecto era tan fuerte, incomprensible y placentero, que le hice prometer a Eva que nunca dejaríamos de alimentarlo, que los dos nos encargaríamos de nutrirlo, cuidarlo y atesorarlo el resto de nuestros días. Yo sentía a nuestro amor tan poderoso, que llegué a pensar que la vida nunca se agotaría para unos amantes endiosados por Eros como nosotros. En algún punto creímos ingenuamente que la existencia nos perdonaría la muerte y entonces sobreviviríamos inmortales al flujo del tiempo, ya que, ¿quién se atrevería a separar a unos enamorados así? ¿Quién querría dejar de deleitarse con el amor que nos profesábamos a diario? Pero la naturaleza debe hacer justicia, incluso para quienes son felices. Mi peor miedo se cumplió durante aquella primavera. Tuve que despedirme de mi amada Eva entre fuego y flores. Nunca sufrí tanto como ese día.

Besé el cofre donde estaban las cenizas de la mujer que amé con mi vida, y lo dejé junto a la capsula del tiempo, pero antes de cerrarla, me percaté que había algo escrito al reverso de la lista de deseos:

Deseo que seas feliz, incluso si no es a mi lado.

¡Esta mujer no deja de sorprenderme! Lancé un doloroso grito al cielo, como un intento de expulsar toda la tristeza que tenía acumulada. No quería desmoronarme frente a mis hijos, pero se me hizo imposible. Incluso muerta y hecha cenizas, Eva continuaba impactando en mi vida como lo hizo la primera vez. Aquellas palabras, “sé feliz incluso si no es conmigo”, me las repitió toda nuestra vida juntos. No amanecía un día en el que Eva no me animara a esforzarme por mi propia felicidad. Nunca comprendí su empeño. Pensaba que ella no entendía que mi verdadera felicidad es estar a su lado… pero Eva conocía muchos de los secretos del universo, y por eso siempre estaba un paso delante de mí.

No importa cuánto secaras mis ojos, volvían a empañarse, y a empañarse y empañarse. En medio de mis arrugas y mi vejez, volví a sentirme como el Diego de diecisiete años, un adolescente, un niño intentando ser hombre, asustado y acobardado ante los retos de la vida. Mis hijos me rodearon, intentando consolar mis lágrimas, pero es difícil, muy difícil, porque el motivo por el cual viví plenamente, ya no estaba.

-Hasta el último día de su vida, su madre me dijo estas palabras… solo ahora me doy cuenta que la mejor forma de amarla siempre fue esforzándome por ser feliz – les dije, entre lágrimas y dolor, sosteniéndome de ellos.

Siempre atesoré nuestras promesas e intenté cumplirlas… ¿pero cómo puedo cumplir esta?

Qué extraña y desagradable sensación, esta de tener el pecho vacío…

La fría brisa sopló, meciendo las hojas de aquel árbol. Algunos pétalos rosados cayeron, adornando la grama verde. Miré hacia el cielo, sonriéndole con nostalgia. Incluso cuando ella ya no está conmigo, continúa enseñándome cómo ser feliz.

La primavera estaba comenzando.


-¿Qué harás con la lista de deseos? – le preguntó Salomé a Saúl, dos años después.

Por fin llegó el turno de Diego, quien se despidió de sus hijos con el agridulce sabor de no saber lo que le espera del otro lado, pero con la inocente ilusión de reencontrarse con su único amor.

-No lo sé, quiero llevármela, pero ¿y si se enojan? – colocaron el cofre con las cenizas de su padre junto al de su madre, y llenaron el pozo de flores, tal como él lo pidió. Pero antes de sellarlo, revisaron la capsula del tiempo por última vez.

-No creo que les moleste, hermano. ¿La quieres de recuerdo? – le preguntó Ágata.

-Más que eso, no quiero olvidar el último deseo de mamá… quiero mantenerlo vigente, siempre – murmuró, sosteniendo aquel viejo papel, acabado por los años.

-Mamá y papá estarían orgullosos de ti – le dijo Ezequiel, dándole una palmada en el hombro.

-¿Todos trajeron lo acordado? – preguntó Maximiliano.

Días antes, mientras preparaban el viaje hacia el lugar secreto de Eva y Diego, a Salomé se le ocurrió que ellos podían dejar algún tesoro en la capsula del tiempo, así como sus padres lo hicieron. Ella llevó uno de tantos dibujos que hizo con su padre, durante las noches de tormenta. Maximiliano llevó la fotografía que se tomó con sus padres cuando se graduó de bombero paramédico. Ezequiel llevó la receta de torta de chocolate que su madre adoptiva adoraba, y que a él le encantaba prepararle. Fabián llevó la primera pelota de beisbol que Diego le regaló, cuando apenas tenía seis años y ni siquiera era su padre adoptivo aun. Ágata llevó las muñecas que usaba para jugar cuando era niña, sus padres acostumbraban a jugar con ella, así que todos tenían una muñeca que los representaba. Pero Saúl, dentro del mar de objetos llenos de recuerdos que tenía para llevar, simplemente no pudo elegir uno.

-¿Y si dejas algo que lleves contigo ahora? – le preguntó Fabián.

-¿Cómo qué? –

-No lo sé… ¿una promesa? – murmuró su hermano.

Quizás era el mejor tesoro que podía dejar en aquella capsula del tiempo… una promesa.

Les prometo que me esforzaré todos los días por ser feliz.

Con amor, Saúl.

Escribió al reverso de la lista de deseos de su madre.

-Si… es la mejor forma de amarlos – dijo, depositando la lista de deseos entre los tesoros de sus hermanos, y sellaron el pozo nuevamente, sin tener muy en claro cuándo volvería a ser abierto. Tan solo esperaban que aquel árbol guardián, cuidara de sus padres tanto como lo cuidaron a él.

La brisa sopló fuerte cuando ellos dieron el último adiós a los locos enamorados que fueron sus padres. Les agradaba pensar que ahora continuaban amándose en otro paraíso.

La primavera estaba comenzando y prometía ser hermosa.
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